martes, 7 de mayo de 2013

Manual para no morir de amor. Introducción


Introducción

“Morir de amor, despacio y en silencio”, canta Miguel Bosé. Y no es solo ficción ni entretenimiento musical, es realidad pura y dura. Para muchos, el amor es una carga, un dulce e inevitable dolor o una cruz que deben llevar a cuestas porque no saben, no pueden o no quieren amar de una manera más saludable e inteligente. Hay quienes se quitan la vida o se la quitan a su pareja, y están los que se agotan y van secándose como una árbol en la mitad del desierto, porque el amor les pide demasiado. ¿Para qué un amor así? Esa es la verdad: no todo el mundo se fortalece y desarrolla su potencial humano con el amor; muchos se debilitan y dejan de ser ellos mismos en el afán de querer mantener una relación tan irracional como angustiante. Hay que vivir el amor y no morir por su culpa. Amar no es un acto masoquista donde te pierdes a ti mismo bajo el yugo de alguna obligación impuesta desde fuera o desde dentro. Morir de amor no es irremediable, como dicen algunos románticos desaforados. Las relaciones afectivas que valen la pena y alegran nuestra existencia transitan un punto medio entre la esquizofrenia (el amor es todo “locura”) y la sanación esotérica (el amor todo “lo cura”). Amor terrestre, que vuela bajito, pero vuela. Coincidir con una persona, mental y emocionalmente, es una suerte, una sintonía asombrosa y casi siempre inexplicable. Aristóteles decía que amar es alegrarse, pero también es sorprenderse y quedar atónito ante un clic que se produce con alguien que no estaba en tus planes. De ahí la pregunta típica de un enamorado a otro: “¿Dónde estabas antes de encontrarte?” o “¿Cómo puedes haber existido sin yo saberlo?”. Amar es vivir más y mejor, si el amor no es enfermizo ni retorcido. En el amor sano, no cabe la resignación ni el martirio, y si tienes que anularte o destruirte para que tu pareja sea feliz, estás con la persona equivocada. Para amar no hay que “morir de amor”,sufrir, desvanecerse, perder el norte, ser uno con el otro o perder la identidad: eso es intoxicación afectiva. Cuando confundimos el enamoramiento con el amor, justificamos el sufrimiento afectivo o su conmoción/arrebato/ agitación y terminamos enredados en relaciones negativas que nos amargan la vida, porque erróneamente pensamos que, “así es el amor”. A veces, en la terapia, me encuentro con parejas tan incompatibles que me pregunto cómo diablos llegaron a estar juntos. ¿Es que acaso estaban ciegos? Y la respuesta es que, en cierto sentido, sí lo estaban. No una ceguera física, sino emocional: el sentimiento decidió por ellos y los arrastró como un río salido de cauce. El amor tiene una inercia que te puede llevar a cualquier sitio, si no intervienes y ejerces tu influencia. Morir de amor, asimismo, es morir de desamor: el rechazo, el insoportable juego de la incertidumbre y de no saber si te quieren de verdad, la espera, el imposible o el “no” que llega como un baldado de agua fría. Es humillarse, rogar, suplicar, insistir y persistir más allá de toda lógica, esperar milagros, reencarnaciones, pases mágicos y cualquier cosa que restituya a la persona amada o la intensidad de un sentimiento que languidece o que ya se nos fue de las manos. Infinidad de personas en el mundo han quedado atrapadas en nichos emocionales a la espera de que su suerte cambie, sin ver que son ellas mismas quienes deben hacer su revolución afectiva. Cada quien reinventa el amor a su amaño y de acuerdo con sus necesidades y creencias básicas, cada quien lo construye o lo destruye, lo disfruta o lo padece. Morir de amor no es un designio inevitable, una determinación biológica, social o cósmica: puedes establecer tus reglas y negarte a sufrir inútilmente. Esa es la consigna. ¿Qué hacer entonces? ¿Es posible amar sin equivocarnos tanto y que el sufrimiento sea la excepción y no la regla? ¿Cómo amar sin morir en el intento y aun así disfrutarlo y sentir su irrevocable pasión? En el presente libro, he intentado plasmar algunos de los problemas que convierten el amor en un motivo de agonía y angustia y he contrapuesto a ellos una serie de principios básicos de supervivencia afectiva, los cuales proporcionan herramientas para no morir de amor y cambiar nuestra concepción del amor tradicional por una más renovada y saludable. Estos principios obran como esquemas de inmunidad o factores de protección. Veamos de manera resumida estos problemas y qué principio oponer en cada caso.


Los enamorados hacen tres cosas:
1) Decir que el sexo no es lo más importante para ellos
2) Hacerse promesas increíbles. 
3) Elaborar todo tipo de planes hacía un brillante futuro.

 Cuando se hacen planes con alguien amado uno puede imaginarse cualquier cosa menos que esos planes puedan realizarse con otra persona. Uno considera que cada promesa es única e inmortal, que la palabra empeñada vale más que el amor. Apenas decae el sexo (que tenía poca importancia), el resto se esfuma. Aquí aparece (como por encanto) un insignificante hombrecillo que sin alardes nos demuestra lo poco avispados que somos y lo vivo que es él. 
Soñé contigo anoche. Soñé contigo con tanta intensidad que hoy tuve que preguntarle  a mi memoria si lo que me apareció era real o sólo era un producto de mi deseo.  Demasiado dolor para tan poca edad. Honestamente, no estoy segura si deba seguir intentando o no. Es estúpido esperar a alguien que sólo hiere, pero también lo es dejar ir a lo que alguna vez quise. Y si es cierto que has dejado de quererme, yo te lo pido por favor.... no me lo digas. No es que no extrañé, es que ya comprendí que no eramos el uno para el otro. La pregunta es: ¿Por qué no me dijiste que te habías tomado nuestra relación de otra manera? ¿Por qué no me lo advertiste? Te hubiera amado menos, te hubiera dado menos. Ahora estoy atada a vos y es un infierno, por eso decido alejarme ahora.